Autores
- Silvia Mantilla
Cuando un niño cercano a nosotros atraviesa un momento complejo que lo sobrepasa emocionalmente, es como si de repente el cielo se oscureciera y una tormenta violenta cayera sobre él. Nadie está preparado, nadie tiene la sombrilla abierta para evitar que se moje o un refugio para darle calma. El sonido del trueno angustia, el viento fuerte asusta y la lluvia parece ser eterna. Los adultos miramos desde la ventana muchas veces sin saber cómo actuar, ni que decir, deseando que “después de la tormenta llegue la calma” o que pase rápido, porque no sabemos de qué manera podemos proteger a este niño, pues es imposible controlar el clima.
Lo que no tenemos claro, es que el trauma o evento traumatizante, no se va con una sombrilla abierta ni tratando de hacer que pase más rápido. La tormenta no se va, solo porque deseemos que se vaya. Lo que el niño necesita de nosotros, no es que le digamos que “deje de tener miedo”, sino que lo abracemos mientras truena; que sienta que mientras afuera el viento está fuerte y el clima frío, en casa siempre habrá un refugio cálido y constante dispuesto a acompañarlo.
A veces, guiados por el miedo de verlos sufrir, como adultos, queremos explicarles por qué llueve o convencerlos de que “mañana será otro día”, sin embargo, para ellos, en su mente y su corazón, la tormenta sigue siendo una realidad. En ese momento, lo más importante no es la explicación sino la PRESENCIA: quedarnos a su lado, acompañar y escuchar su silencio, permitir que muestre sus verdaderas emociones sin corregirlo ni reprocharlo, sin llenar el espacio con palabras apresuradas. La ayuda de nosotros cómo adultos no se trata de tener todas las respuestas sino de mostrarle a este niño que no está solo en medio del miedo.
Con el tiempo, las nubes comienzan a cambiar de lugar; si bien el cielo sigue un poco gris, también deja pasar algunos rayos de luz; otras veces vuelve a llover sin previo aviso y también está bien. Recordemos que el trauma no desaparecerá de un día para otro, se va transformando poquito a poco, como el paisaje luego de la tormenta y esto sucede cuando el niño aprende a hablar de lo que le pasó y asume que esa experiencia dolorosa, no lo define en absoluto. Para que suceda lo anterior, necesita padres o cuidadores que no le teman a las nubes grises, que no huyan cuando hay ventarrones ni cierren las puertas cuando hay tormentas; necesitan padres que sepan quedarse y padres que sepan acompañarlos sin prisa.
Acompañar a un niño o a una persona con trauma, es convertirnos en refugio, ese lugar cálido donde pueden descansar, ser ellos mismos, sentirse a gusto, llorar y volver a sentirse a salvo. No se trata de hacer que olvide la tormenta, sino de enseñarle que, aunque haya llovido fuerte, la vida sigue teniendo sol, flores y caminos nuevos por recorrer, porque después de toda tormenta, lo que más recuerda un niño no es el trueno, sino quién estuvo con él cuando empezó a llover.