Autores
- Ps. Mg. Luis Eduardo Chacón Peña
- Psicólogo
- Apoyo psicológico Especializado
Desde una perspectiva sistémica, comprender a la familia implica reconocerla como un sistema vivo que se organiza y reorganiza constantemente en función de las experiencias y los desafíos que enfrenta. No se trata de una estructura fija, sino de un proceso dinámico de comunicación y adaptación, donde cada integrante participa activamente en la construcción del equilibrio del conjunto. Como señala Watzlawick (2011), la familia se configura como una red de interacciones en la que cada comportamiento adquiere sentido solo dentro del contexto relacional en el que ocurre. En este sentido, los síntomas, los conflictos o los cambios de comportamiento de un miembro no pueden comprenderse de manera aislada, sino como respuestas del sistema ante las transformaciones del entorno o las tensiones internas.
La familia, entonces, aprende a moverse en el tiempo, desarrollando mecanismos de ajuste que le permiten sostener la continuidad del vínculo y, a la vez, adaptarse a las nuevas necesidades que surgen con el desarrollo de sus miembros. Este aprendizaje no es lineal ni consciente; más bien se construye a través de la experiencia, de la repetición y de la resignificación que cada situación trae consigo. Desde el constructivismo radical propuesto por von Glasersfeld (1996), la realidad familiar no es un hecho objetivo, sino una construcción compartida que se mantiene en la medida en que los integrantes la validan y la reproducen en su comunicación cotidiana. De esta manera, cada familia crea su propia versión de lo que significa “estar bien”, “cambiar” o “mantener la armonía”, y es desde esa construcción particular que emergen las estrategias para afrontar las crisis o promover el crecimiento.
El modelo estratégico, inspirado en la escuela de Palo Alto, entiende que el cambio no necesariamente requiere una exploración exhaustiva del pasado, sino la posibilidad de intervenir en el presente para modificar los patrones de interacción que mantienen el problema. Así, cuando la familia logra observarse a sí misma en su manera de comunicarse, puede encontrar nuevas formas de relación que generen efectos distintos. Como plantea Watzlawick, la comunicación es inevitable, y todo intento de no comunicar también comunica. Por tanto, cada gesto, silencio o conducta se convierte en una oportunidad para reorganizar los significados que sostienen la dinámica familiar.
En este proceso, la familia se transforma en un sistema que aprende: aprende a leerse, a escucharse y a responder de maneras más funcionales a las necesidades de cada uno de sus integrantes. La capacidad de cambio no surge de la eliminación del conflicto, sino de la comprensión de que el conflicto puede ser un punto de partida para construir nuevas realidades. Cuando el sistema familiar logra reconocer esta posibilidad, adquiere las herramientas necesarias para generar transformaciones sostenibles, fortaleciendo los vínculos y ampliando su repertorio de respuestas ante las exigencias del tiempo y la vida misma.
Referencias
- Watzlawick, P., Beavin Bavelas, J., & Jackson, D. D. (2011). Teoría de la comunicación humana:
Interacciones, patologías y paradojas. - Herder. von Glasersfeld, E. (1996). El constructivismo radical: Una forma de conocer y aprender. Gedisa.