En el corazón de la labor de la Fundación Los Pisingos late un modelo de intervención psicoterapéutica que busca transformar la realidad de miles de niños, niñas y adolescentes (NNA) colombianos, quienes a menudo enfrentan diversas formas de violencia. Este enfoque, arraigado en los derechos humanos, la ecología, la sistémica y una perspectiva interseccional, se nutre de la profunda empatía de sus colaboradores. No es solo una respuesta a las vulneraciones de derechos, sino una invitación a la reflexión y al cambio en las prácticas de intervención, promoviendo una acción sin daño que se adapta a las necesidades y la diversidad de cada NNA.
Desde 1969, la Fundación ha trabajado incansablemente en Bogotá, Colombia, con el firme propósito de generar empatía con el sentir de los NNA, empoderándolos en su propio proceso de reconstrucción. Reconocerlos como sobrevivientes es fundamental, entendiendo su fuerza autopoiética y su capacidad para reconfigurar sus redes afectivas, fomentando así su dignidad y valía [Comins-Mingol, 2015]. Este acompañamiento se enmarca en un programa de Apoyo Psicológico Especializado, en articulación con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), garantizando el restablecimiento de derechos conforme a la ley 1098 de 2006 y el artículo 18 de la Constitución Política de Colombia, que enfatiza la protección contra el maltrato y los abusos.
La empatía, definida por la Fundación como la confrontación de la experiencia del otro desde su propia vida en interacción y comunidad, es el hilo conductor de su intervención. Esta concepción se enriquece con una perspectiva filosófica que, desde la fenomenología, entiende la empatía a través de la alteridad, el principio de cambiar la propia perspectiva por la del otro. Citando a Sánchez-Rincón (2020), la alteridad, según Emmanuel Levinas, implica encontrarse con el otro sin el ánimo de dominarlo. El lenguaje, como vínculo esencial, juega un papel crucial en esta relación con la alteridad, ya que siempre está volcado hacia el otro-distinto [Fernández, 2015; Samoná, 2005; Levinas, 1999]. Así, la empatía se convierte en la puerta de entrada a la experiencia ajena, un anhelo de las sociedades modernas por vivir en comunidad y justicia, forjándose desde la infancia a través de la sensibilidad y compasión por el dolor del otro.
Esta apuesta por la empatía se consolida con la micropolítica, un ejercicio de resistencia por la niñez que distingue a la Fundación Los Pisingos. La micropolítica aquí no se limita a la estructura organizacional, sino que permea la ecología organizacional, desde la directiva hasta el equipo psicoterapéutico. Se generan espacios de selección de personal centrados en valores institucionales, promoviendo la inclusión de profesionales con competencias académicas y culturales acordes a esta perspectiva. La supervisión terapéutica, a cargo de especialistas de área, busca construir con el equipo experiencias no formuladas y conocimiento impensado, fomentando un entorno seguro que anima a los psicoterapeutas a explorar los límites de su experiencia. Esto crea vínculos posibilitadores que generan un ambiente agradable y coherente con la misión de la Fundación.
La micropolítica de la Fundación Los Pisingos se manifiesta en una atención diferencial, que integra la diversidad de enfoques de la psicología, comprendiendo que el acompañamiento surge de la polifonía en la interacción con los dilemas humanos, y no de una única configuración paradigmática. Este modelo, construido desde las experiencias de los profesionales, permite flexibilidad en las intervenciones y un acompañamiento humanizado y respetuoso. Desde el ingreso hasta el egreso, se promueve un sentido de seguridad y confianza, comprendiendo la integralidad de la atención. La micropolítica se convierte así en una herramienta para la transformación, desafiando las prácticas de violencia y promoviendo un cambio estructural en la forma en que la sociedad aborda la infancia y adolescencia. Es un llamado a la acción para la filantropía y las redes sociales, mostrando cómo la empatía por el otro y una micropolítica consciente pueden generar un impacto profundo y duradero, construyendo sociedades más justas y no violentas.