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Sin Etiquetas con Empatía: neuroderechos, ciberseguridad y cuidado en el mes de la niñez

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Abril, mes de la niñez, nos invita a mirar de frente una escena cada vez más cotidiana: una niña que aprende a deslizar la pantalla antes de aprender a nombrar lo que siente; un niño que recibe un celular para calmar el llanto; una familia agotada que intenta proteger sin tener siempre herramientas; una escuela que educa, pero que muchas veces no alcanza a comprender la velocidad con la que los riesgos digitales cambian de forma. En este nuevo paisaje, cuidar ya no significa solamente alimentar, acompañar o abrazar. Cuidar también significa proteger la atención, la privacidad mental, la autonomía y la dignidad de niñas, niños y adolescentes en el entorno digital.

Si durante años pensamos la infancia como un territorio que debía resguardarse de los peligros de la calle, hoy necesitamos reconocer que también existen peligros en los espacios conectados. No porque la tecnología sea el enemigo, sino porque el mercado digital ha aprendido a convertir el tiempo, la emoción y el comportamiento humano en recursos explotables. Esto resulta especialmente delicado cuando hablamos de infancias, porque su capacidad crítica aún está en formación y porque las plataformas, los algoritmos y ciertas lógicas de diseño están construidos para capturar atención, prolongar permanencia y extraer datos, incluso cuando quienes usan esos sistemas no comprenden del todo lo que entregan a cambio.

En ese escenario, los neuroderechos dejan de parecer una discusión lejana o futurista. Hablar de neuroderechos es hablar de la necesidad de resguardar aquello más íntimo: la mente, los procesos cognitivos, la libertad de pensamiento, la identidad y la posibilidad de decidir sin manipulación encubierta. En América Latina, este debate ha ganado relevancia justamente porque la neurotecnología ya no pertenece solo al ámbito clínico o experimental; hoy convive con dispositivos de consumo, sistemas predictivos, interfaces que observan comportamientos y modelos de inteligencia artificial capaces de inferir intereses, estados emocionales o patrones de decisión. Por eso, proteger la actividad cerebral y la información derivada de ella ya no es un exceso teórico, sino una exigencia ética y jurídica del presente.

Esto partiendo que países como Chile, el cual fue pionero al consagrar a nivel supralegal la necesidad de “resguardar especialmente la actividad cerebral, así como la información proveniente de ella”, una formulación que anticipa el corazón del debate contemporáneo sobre privacidad mental y dignidad humana.

Por lo que cuando esta conversación se cruza con la niñez, la alarma debe ser todavía más clara. No solo estamos frente a menores de edad expuestos a contenidos nocivos, al ciberacoso, al grooming o a la suplantación de identidad. Estamos frente a sujetos en desarrollo cuyas rutinas, impulsos, gustos y vulnerabilidades pueden ser moldeados por arquitecturas digitales que premian la inmediatez y reducen la pausa reflexiva.

El riesgo no consiste únicamente en “ver algo malo” en internet. El riesgo también está en crecer dentro de un ecosistema que debilita la atención sostenida, acelera la gratificación, normaliza la vigilancia y enseña que todo malestar se resuelve con desplazamiento infinito, entretenimiento instantáneo o validación algorítmica1.

Desde esta perspectiva, el reto del cuidado adquiere una profundidad distinta. Muchas veces se culpa de forma exclusiva a madres, padres o cuidadores por el tiempo de pantalla de niñas y niños. Sin embargo, esa mirada resulta limitada e injusta. Las familias también están atravesadas por jornadas extenuantes, precariedad, sobrecarga de cuidado, incertidumbre y un mercado tecnológico que ofrece los dispositivos como calmantes inmediatos del cansancio. El problema no es solo doméstico: es estructural. Cuando un celular termina ocupando el lugar del consuelo, de la espera o del acompañamiento, no siempre estamos ante una “mala crianza”; con frecuencia estamos frente a una sociedad que dejó a las familias solas frente a tecnologías diseñadas para enganchar.

Por eso, en el Día de la Niñez, la reflexión no debería quedarse en celebrar la ternura de la infancia, sino avanzar hacia una pregunta más incómoda y necesaria: ¿cómo estamos cuidando la vida interior de niñas y niños en el mundo digital? No basta con hablar de acceso a internet o de competencias tecnológicas. También necesitamos hablar de límites, de conversación, de alfabetización digital, de regulación y de corresponsabilidad social. Cuidar en la era digital no es vigilarlo todo; es construir condiciones para que la tecnología no sustituya el vínculo, no capture la subjetividad y no fragmente la libertad de pensamiento desde edades tempranas.

La conversación pública en Colombia ya se mueve en esa dirección. La Ley 2489 de 2025 y su proceso de reglamentación han insistido en la necesidad de crear entornos digitales sanos y seguros para niños, niñas y adolescentes, reconociendo riesgos de contenido, conducta y contacto, además de la importancia de escuchar a las propias infancias y fortalecer la alfabetización digital de familias y cuidadores. Esa ruta es importante porque desplaza la idea de que la protección es una carga individual y la convierte en una responsabilidad compartida entre Estado, sociedad, escuela, familias y plataformas.

A continuación, se sintetizan algunos de los núcleos que deberían orientar esta conversación pública durante abril:

 

Eje de reflexión

Riesgo principal

Pregunta ética del cuidado

Horizonte de acción

Privacidad mental

La extracción de datos conductuales, emocionales y biométricos puede anticipar o influir decisiones.

¿Quién protege aquello que niñas y niños aún no pueden defender por sí solos: su mente y su intimidad?

Regular neurotecnologías, proteger datos sensibles y limitar usos comerciales invasivos.

Atención y desarrollo

El diseño adictivo y la gratificación inmediata afectan hábitos de concentración y autorregulación.

¿Estamos acompañando el desarrollo o delegándolo a la lógica del mercado digital?

Promover higiene digital, tiempos de descanso, juego offline y mediación adulta consciente 1.

Ciberseguridad

Grooming, ciberacoso, suplantación y exposición a interacciones riesgosas.

¿Qué tan preparados estamos para enseñar autoprotección sin sembrar miedo paralizante?

Educar en prevención, diálogo, denuncia temprana y uso crítico de plataformas.

Corresponsabilidad

La carga del cuidado se deposita casi por completo en las familias.

¿Por qué seguimos exigiendo soluciones privadas para problemas diseñados a gran escala?

Fortalecer políticas públicas, escuela, comunidad y obligaciones de las plataformas.

En el fondo, la pregunta por los neuroderechos también es una pregunta por la infancia que queremos defender. Si permitimos que el mercado defina la relación de niñas y niños con la atención, el deseo y la recompensa, estaremos renunciando a algo más profundo que la seguridad informática. Estaremos renunciando a la posibilidad de que construyan una voz propia, de que puedan aburrirse sin angustia, imaginar sin estímulo permanente, pensar sin ser dirigidos todo el tiempo por sistemas que aprenden a conocerlos antes de que ellos se conozcan a sí mismos.

 

Aquí conviene hacer una precisión importante: no se trata de promover pánico moral ni de demonizar la tecnología. La conectividad también abre puertas al aprendizaje, al vínculo, a la creatividad y a la participación. El problema aparece cuando la conversación tecnológica omite la dimensión del poder. No todas las tecnologías están diseñadas con fines pedagógicos o de bienestar; muchas responden a modelos de negocio que necesitan capturar permanencia, producir dependencia y rentabilizar la conducta. Por eso, el debate sobre niñez y pantallas no puede reducirse a contar horas. Debe incluir preguntas sobre diseño, extracción de datos, publicidad encubierta, sesgos algorítmicos y responsabilidad corporativa.

 

Cabe recordar que durante el mes de marzo se dio un fallo histórico; ya que un panel de jurados de Lo Ángeles, determinó que Meta y Google construyeron intencionalmente plataformas de redes sociales adictivas que perjudicaron la salud mental de una mujer de 20 años, conocida como Kaley, este fallo es un reconocimiento de que el cuidado digital no puede recaer únicamente sobre quienes crían. También debe interpelar a las grandes plataformas, a sus modelos de monetización y a la forma en que administran riesgos que afectan directamente a la niñez desde un ejercicio de corresponsabilidad.

Esto a su vez es clave para entender que cuando la conversación pública empieza a exigir responsabilidades más allá del hogar, avanzamos hacia una ética del cuidado menos culposa y más justa.

 

Cabe reflexionar que Cuidar a la niñez en la era digital exige recuperar algo que parece simple, pero que hoy es profundamente político: el derecho a la presencia. Presencia para escuchar. Presencia para poner nombre a lo que sienten. Presencia para enseñar que no todo enlace es confiable, que no toda voz del otro lado de la pantalla es inofensiva, que no toda recomendación algorítmica es neutral. Presencia para recordar que la mente de una niña o de un niño no es un territorio disponible para la explotación comercial.

 

Este abril, mes de la niñez, la invitación es clara: proteger a las infancias no es solo resguardar su cuerpo, sino también su atención, su libertad cognitiva, su privacidad mental y su capacidad de crecer sin ser moldeadas por lógicas extractivas. Si el cuidado quiere estar a la altura de nuestro tiempo, tendrá que ser digital, ético, afectivo y corresponsable. Solo así podremos afirmar, con honestidad, que estamos construyendo un futuro conectado, pero también un futuro más humano.

Referencias

https://www.bbc.com/mundo/articles/c62j769d2xpo

Trabajamos por el bienestar de la familia y la niñez Colombiana

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